Víctor Rodríguez: Profeta en su tierra

Víctor nació en la Ciudad de México, en un punto crucial de la geografía de esta ciudad: un hospital que estaba en Reforma, frente al Ángel de la Independencia. De ahí, tal vez, su espíritu libre y rebelde. En 1988, su familia se mudó a Veracruz. Él se quedó en la ciudad con la idea de que, como él afirma, “acabara la carrera que, por pusilánime, estaba estudiando, Diseño Gráfico, que nunca me interesó realmente y ya no me acuerdo si terminé o no las materias”. Aún tratando de hallar rumbo a su vida, realizó una especialidad en Historia del Arte. Hijo de un excelente abogado de la vieja escuela y su mamá ama de casa, el mundo del arte le era ajeno y desconocido. “Ni ellos ni sus respectivas familias tenían la más mínima inclinación cultural, lo cual me ayudó mucho cuando empezaba porque, como padres cautos y sensatos, estaban en contra de que me dedicara al arte, lo que me obligó a nadar contra corriente y eso fortalece a cualquiera”, afirma Rodríguez.

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Víctor Rodríguez arribó a este mundo en 1970. Parte de la nombrada Generación X, encontró su vocación tras varios intentos fallidos por hacer carrera en algo. Actualmente, es uno de los artistas contemporáneos más importantes que ha dado México y que, como en muchos casos, ha sido la internacionalización lo que le ha dado su merecido lugar dentro del mundo del arte. Residente en Nueva York, Víctor cuenta con más de 25 exposiciones que han sucedido en ciudades como París, Atlanta, Milán, Michigan, Nueva York, California, Monterrey, Florida, Oaxaca, Vicenza, Madrid, Salt Lake City, Osaka y, por supuesto, Ciudad de México, entre muchas otras. Ha recibido varios premios por su trabajo como artista y es una de las máximas promesas del arte mexicano.

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¿Cómo fue tu encuentro con tu método de trabajo? ¿Descubriste la fotografía primero y luego la pintura? ¿Al revés?

Fue primero la pintura y fui buscando los elementos y formas de resolver los problemas que me planteaba y que siempre tuve muy claros. Poco a poco, desarrollé una metodología que se ha ido puliendo a través de la experiencia y enriqueciendo con las nuevas tecnologías. Nunca he entendido bien de fotografía, más bien –como en todo– he sido autodidacta y el sistema de ensayo y error me ha funcionado muy bien. La revolución digital me ha permitido tener más control del resultado y adaptarlo a mis fines pero siempre, el único resultado que me interesa, es la pintura.

¿Cuándo te asumiste como artista?

Cuando tuve mi primera exhibición en 1990, en el itam –que fue malísima– y vi entrar a la gente. Creo que fue el momento en que supe que me iba a dedicar a este negocio, aunque no tenía ni idea de cómo.

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¿En qué fecha vendiste tu primer cuadro, a quién y por cuánto?

Al hermano de una maestra que tuve en la universidad, en 1989, por un millón de pesos, que eran como 200 dólares de hoy. Se lo compraría al doble pero no quiere. A veces los coleccionistas se encariñan con las cosas.

¿Por qué dejaste México?

Por varias razones. Por estar produciendo un trabajo inmaduro, cursi y malo, nadie hacía caso de él en México, ni en el circuito comercial ni en el cultural, amén de que la situación económica del país –como ha sido el caso siempre– era de crisis, como consecuencia del “Error del 95” que creó una generación de cerebros que se tuvieron que fugar. Yo ya estaba casado, y como mi esposa y yo no teníamos nada que perder, envalentonado por la ignorancia propia de mi juventud, un ánimo de aventura mal entendido pero, sobre todo, abundante –aunque tierna– estupidez, nos vinimos a Nueva York, con la idea de estar seis meses, pero muy rápido me enrolé y todo empezó a funcionar. No he regresado desde entonces.

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¿Qué te da Nueva York?

Es una ciudad donde hay todo. Te da la oportunidad de reinventarte, tiene una oferta cultural incomparable y, además, aquí he hecho mi vida y mi familia.

¿Cómo es tu taller, en dónde se ubica? ¿Por qué te gusta?

Desde hace 16 años, tengo mi taller en un barrio de Brooklyn que se llama DUMBO, que es el acrónimo de algo así como “Por debajo del puente Manhattan”. Está ubicado junto al río Este y tiene una vista de la parte baja de Manhattan. No se mete nadie y puedo hacer lo que necesito para trabajar.

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¿Extrañas algo de México?

Nunca podemos tener todo en un mismo lugar, y siempre nota uno lo que le hace falta: La calidad de vida de México, la calidez de la gente, el ritmo, el clima, la comida, a algunos pocos miembros de mi familia. En fin.

¿Cómo sucede un día de trabajo para ti?

Llego temprano y, dependiendo si mi hija va a estar conmigo, trabajo hasta las 6, si no, hasta que no pueda más.

¿Crees en la disciplina del artista o en la inspiración?

Disciplina, eso de “la inspiración” es un mito.  Un mito peor es el de “la musa”.

¿Qué opinas de Zona MACO y colecciones de arte contemporáneo como la de JUMEX?

Son sistemas importantes del comercio y coleccionismo, que es una parte crucial del arte como negocio –en el que participo– y que me permite darme el lujo de ganarme la vida, haciendo lo que me dé la gana sin tener que complacer ni rendirle cuentas a nadie. Por suerte, trabajo con galeristas y dealers estrella que se encargan de todo ese engorroso proceso.

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¿Cómo describirías el tema de tu obra?

Trato de recrear el mundo como me gustaría que fuera.

¿Qué es para ti la realidad?

Es la interpretación que damos a los impulsos que percibimos a través de los sentidos, que son muy falibles.

¿Cuál es el objetivo del hiperrealismo?

Quién sabe. En la actualidad, disfrazar la falta de ideas con desplantes técnicos pretenciosos que producen resultados vacíos e insulsos. Yo no considero que mi trabajo sea hiperrealista, aunque entiendo la asociación. El punto en común podría ser que yo trato de usar un lenguaje pictórico de interpretación universal.

¿Te consideras autodidacta?

En muchos aspectos, sí.

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¿Cómo eliges qué fotografiar o sobre qué foto trabajar?

Tengo un método desarrollado para ir cultivando las ideas, que crecen y se encuentran en diferentes estados de maduración. Pero, en un sentido general, los artistas de cualquier género no tenemos más opción que desarrollar el único tema posible, que es el autobiográfico.

¿Cuál es tu relación con el color? ¿Qué significa para ti el color?

Igual que los sabores, es una percepción que va directamente al subconsciente. Lo utilizo como un elemento totalmente abstracto, intuitivo e impulsivo, que balancea el resto de los elementos de mi trabajo.

Además de pintar, ¿qué más te gusta hacer?

Las tonteras que hace cualquier miembro de la Generación X. Además de estudiar piano con resultados mediocres.

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¿Cuáles son los últimos libros que leíste?

Cooked de Michael Pollan, El Fantasma de Canterville de Oscar Wilde  y Frankenstein o el Moderno Prometeo de Mary Shelley –mucho mejor de lo que me acordaba–.

¿Crees en algún dios?

Por supuesto que en ninguno.

¿Aplica para ti la frase “Nadie es profeta en su tierra”?

No creo. Yo sí he sido profeta en mi tierra. Por lo menos, eso me parece.

¿Te gusta ser mexicano?

Ser mexicano es lo mejor que le puede pasar a un ser humano. La extraña pregunta implica que puede existir gente que sea pero no le guste ser mexicano. Allá ellos.

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Víctor en una palabra

Kahlo: Odiosa.

Van Gogh: MoMA.

Siqueiros: Trotsky.

Degas: Retinopatía.

Close: Poros.

Rivera: Mentiroso.

Manet: Olympia.

Tamayo: Museo.

Picasso: Testosterona.

Pollock: Chimenea.

Hirst: Hábil.

Warhol: Más hábil.

Tus 5 obligados de música

Mexicana, francesa, inglesa, americana y cubana.

Tus tres destinos favoritos

D.F., Barcelona y París.

Tu libro de cabecera

Oblique Strategies, Brian Eno.

Para mayores informes sobre la obra de Víctor Rodríguez:

www.ricardoreyesarte.com

ricardor68@gmail.com